domingo, 10 de junio de 2012

Llamémosle rescate

Ésto no puede seguir así. No puede terminar así. No puede terminar así de mal.

Nosotros ya pagamos en su momento por nuestros crímenes como país. Ya los pagamos. No creo que nos merezcamos ésto. ¿Pero ellos? Y hablo de Alemania... Ellos no pagaron por su mierda. Todavía no han pagado. Al contrario, son solventes por el regalo que les hicieron tras su puto genicidio. ¿Y qué pasa ahora? Están invadiendo, de nuevo, Europa, pero a golpe de talonario. No pido que paguen, pero no merecen ganar.

No es un rescate, es una colonización. Pero ellos no merecen ganar. Y nosotros no merecemos perder. Ésto no puede seguir así.

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jueves, 17 de mayo de 2012

Autofotos de otros

A ver la foto de un ex y pensar: Como coño me pude liar con ese, se le añade:

Siempre ha tenido la misma cara de gilipollas.

¿Cual será el antónimo de nostalgia?

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jueves, 3 de mayo de 2012

Soñando otra vida

Me encontré observando una bailarina en pleno ejercicio. Nueve chicas bailaban al unísono una canción de country que no sentían ni disfrutaban, pero sonreían. La protagonista, aquella que a veces era yo, no mostraba el mismo entusiasmo, y en plena función dejó el escenario caminando a desgana. Bajó unos peldaños más hasta los vestuarios, deseosa de darse una merecida ducha, el resto de bailarines, que se preparaban y esperaban su turno para bailar le/me miraban atónitos. Acaba de destrozar su carrera profesional, su sueño, su vida, nadie le volvería a contratar mas tras dejar un espectáculo de esa manera. Pero a ella le daba igual, quizás porque había descubierto, en ese momento, bailando esa canción, que esa no era la vida que quería.

Mientras se sentaba abatida en un banco, asumiendo su decisión y sus consecuencias, un compañero le preguntó algo, ella habló de su pasado, se había metido mucha mierda en sus inicios, quería huir de todo eso. El bailarín, mas que alarmarse, se interesó y le preguntó ansioso si todavía tenía algo y sabía preparárselo. Casi con un automatismo y viendo que él realmente deseaba su dosis y no sabía administrársela, se puso a preparar un chute. Junto a ellos había un niño que había salido de una puerta que inexplicablemente daba a una comisaría. Preguntaba a la entretenida pareja de bailarines qué hacían, pero le ignoraban por completo. Acabó saliendo un agente del lugar, de la brigada de inmigración, el niño era extranjero y le entretuvo. Era un hombre en un cuerpo pequeño, pero todos le trataban como a un niño. Le entretuvo suficiente para que la bailarina terminara con los preparativos y su compañero se metiera en el baño dispuesto a consumir la deseada dosis. Otro agente acudió y querían evitar tal situación, pero no se atrevían a entrar en el baño, por no interrumpir sus deposiciones, o algo. Pasaron horas esperando a que saliera del baño, donde el bailarín se quedó dormido tras el consumo de heroína. Ella ya se había ido.

Me desperté en uno de sus sueños, de la bailarina. Era una habitación, la suya, no en la que dormía si no en la que iba una vez dormida. Allí donde acudía en la mas absoluta soledad. Pero yo estaba ahí, en su lugar, una intrusa en su más íntimo rincón, observando su habitación. Tenía un diario abierto sobre una mesita redonda que no leí, muñecos de peluche, un espejo de pie, un circuito de tablas de madera colgando del techo, una cama, mucha luz y muy difusa. Caminó por la habitación diciendo que allí podía ser lo que ella quisiera, cualquier cosa, y aunque la gente prefiriera volar, a ella le gustaba ser gato. Nos convertimos en un intermedio entre gato y humano, y aprovechando la agilidad del animal subimos a las tablas del techo donde bailamos cual gimnasta. Lo único que quería ella era ser ágil como un gato y bailar. Su sueño era también su realidad, y parecía no darse cuenta.

Aprovechando el ser consciente de que me encontraba en un sueño, no pude evitar experimentar un poco, y aunque sabía que los efectos de mirarse a un espejo pueden ser algo perturbadores, me dirigí al espejo para jugar un poco ante él. Se veía mejor de lo que me esperaba así que proseguí con mi transformación. Deseé de primeras que me crecieran colmillos, y empezaron a crecer, pero el despertador me interrumpió, me empecé a marear, los colmillos se empezaron a doblar, y desperté.

Desperté en medio de la montaña, ésta vez ya sí que era yo. Estaba con mi hermano, su novia, y otro chico, mi monitor del gimnasio. Se suponía que ya habíamos hecho eso otras veces, ir a la montaña, e íbamos a bajar, normalmente en el coche, una pic-up destartalada que conducía el chico. Pero mi hermano ésta vez iba con la moto, así que él y su novia irían en la moto y yo iría sola con el monitor en el coche. Por alguna razón él tenía una bicicleta en la mano y no podía conducir, así que le ofrecí agarrarla yo mientras condujera. La agarré y se marcharon todos sin mi. Así que tuve que seguir a pie, corriendo colina abajo. A decir verdad fue divertido.

Al llegar abajo había un pequeño lago artificial donde mucha gente se bañaba y me uní a ellos. Entre la gente estaba mi amiga Roxy, no me la esperaba allí. Me abrazó con entusiasmo, no era tan bajita como en la realidad, si no de mi altura, y empezó a contarme cosas. Yo aun estaba desconcertada por el sueño que acababa de tener y deseaba aquella ducha que la bailarina no pudo tener, así que empecé a enjabonarme el cabello mientras hablaba con mi amiga. Pero el agua del estanque iba y venía y en cierto momento se fue y no volvió. Por suerte puede aclararme el cabello en unas duchas cercanas. Estaba en ello cuando el despertador volvió a interrumpirme, volví a marearme y volví a despertar.

Al caer de nuevo en el sueño estaba en otra ciudad, en Madrid, de noche. Roxy seguía a mi lado. Estábamos esperando a alguien, no se a quién, y no paraba de hablar. Me contaba algo sobre su hermano mayor, o tal vez su novio, de cuando alguien cercano se les murió o pasó algo terrible, que desde entonces estaban muy unidos y sabía que él jamás se alejaría de ella por eso. Yo me moría de ganas de contarle todo lo que acababa de vivir, lo de la bailarina y la heroína, lo de su sueño, pero sabía que no era mi vida, que aquello no era técnicamente real, y callé, tan solo escuché. En algún momento de su discurso sonó el despertador por enésima vez y decidí levantarme.

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miércoles, 25 de abril de 2012

Allí aquí

Es extraño. Cuando está en Estados Unidos es como si fuera otra persona.

Allí tiene una enorme familia, unos padres con los que convive a diario, tiene perros y gatos, es el mayor de cuatro hermanos. Tiene amigos de toda la vida, tiene historias en común que rememorar de su infancia, allí tuvo su infancia, también su adolescencia, también la universidad. Allí conduce, conoce un enorme entorno, el inglés es su idioma principal, comprende todo y a todos. Además, allí podría tener un buen trabajo, un buen hogar, una estabilidad.

Entonces veo un mar de posibilidades, de qué ocurriría si nada me atara aquí y nos fuéramos para allí, y el mundo parece ser de color de rosa hasta que abro los ojos un instante y me doy cuenta de que (1) hay muchas cosas que me atan aquí, cosas, o mas bien personas, a las que no quisiera tener que renunciar, y (2) allí solo le tendría a él, que es mucho, pero no suficiente.

Allí él domina todo y yo nada. Viviría en un país ajeno, con un idioma que no entiendo, una forma de vida que no deseo, y con unas relaciones sociales prestadas. Y ese mundo se me plantea, en realidad, bastante mas oscuro que el rosa.

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martes, 6 de marzo de 2012

Relato onírico

Era una tarde nublada. Salía yo de no me acuerdo donde hacía no me acuerdo qué, en un diminuto e incómodo vehículo a pedales. Cuando decenas de aviones cruzaron el cielo en cuadrícula, dejando tras de si un humo negro y espeso, que dejó a los transeuntes en la mas absoluta oscuridad.

Quise huír de la oscuridad, y pedaleé calle abajo, pero la niebla ya me había envuelto y poco podía hacer para escaparme. Desgraciadamente, además, el vehículo carecía de frenos, y cuando me di cuenta de tal peligrosa situación, intenté en vano aminorar la velocidad con el roce de mis manos en el asfalto. Por suerte, al pasar por al lado de un hombre de unos 50 años, éste me agarró en la oscuridad y me salvó del accidente. Me aferré a él y, junto a otros, en la mas absoluta oscuridad, caminamos hacia una dirección indeterminada que era, sin embargo, la única en la que cabía la posibilidad de ir.

Una luz ténue empezó a palpitar levemente y a mostrarnos en el vacío el mobiliario de alguna lejana habitación. Seguimos caminando por el oscuro pasillo hasta atravesar la negrura, y aparecer en otra dimensión.

Era un paisaje amplio y nebado. Un altiplano con un pinar al fondo, salpicado de cabañas de madera. Por lo visto todo el mundo había llegado al mismo lugar, allá donde estuvieran antes, y correteaban entusiasmados a descubrir qué escondían las casitas, como un regalo. Junto a varias personas entramos en aquella que teníamos mas cerca. Como el resto de edificaciones, estaban deshabitadas pero en perfecto estado, y en su interior, pequeño pero luminoso, se había interrumpido en algún momento los preparativos navideños.

Sobre la mesa había, en lugar de un Belén, una escena moderna de un lugar como el que estábamos, cuyos protagonistas decoraban un gran árbol de Navidad. Descubrí entre las figuras una pequeña manivela, a la que di cuerda, y los muñecos empezaron a moverse y lanzar guirnaldas sobre el arbolito. Observamos atentos a los autómatas, y una mujer a mi lado, mi madre por unos instantes, dijo haber olvidado hasta ese momento lo importante que era la actividad de decorar el árbol. Todos nos marchamos, pero la mujer se quedó, y me invitó para pasarme por ahí, ahora su hogar, tras las clases.

Volvimos a nuestra dimensión usual, no se como, a seguir con nuestras vidas. Pero ya nada pudo ser igual. Sabíamos que aquel otro lugar existía, todos lo sabían, y seguir en nuestra gris dimensión era poco menos que absurdo.

Todos tenían allí un lugar, un hogar, excepto yo. Quizás no fuera la única, pero así lo sentía. No se si porque no fui suficientemente rápida al adueñarme de un hogar, o simplemente porque no había casas para todos. Estaba frustrada y, principalmente, confusa. En cualquier caso yo podía volver siempre que quisiera, ya que aquella mujer (ahora quizás una amiga) me invitaba, y supe que para tener mi propio hogar, debía compartirlo, con un compañero, con una pareja. Así que emprendí su absurda búsqueda.

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